África canta en libertad

África empieza ahora a vislumbrarse tal como es: rica y diversa. Sus músicas contribuyen a cambiar la visión deformada que se tiene en Europa. Viejas grabaciones de Les Bantous de la Capitale, Orchestre Baobab, Bembeya Jazz National o Étoile de Dakar -primer grupo de Youssou N’Dour- son desempolvadas, y se editan numerosos recopilatorios, mientras nuevos discos de Les Amazones de Guinée, Mulatu Astatké, Tumi and The Volume o Sierra Leone’s Refugge All Stars llegan a las tiendas y están disponibles en Internet.

“África tiene muchas imágenes. No todas son hermosas, no todas son positivas; pero no todas son horrorosas, desesperanzadoras, negativas”, dijo la escritora sudafricana Nadine Gordimer. El profesor senegalés Ibrahima Thioub explicaba en Le Monde que “el problema son esas élites que han militarizado las sociedades a partir de la trata atlántica de esclavos en connivencia con compañías europeas, para insuflar esta cultura predadora que entrega las materias primas y no desarrolla la producción”. Igual que hace 50 años, cuando la mayor parte del continente era colonia de países europeos.

1960. Año de independencias: enero, Camerún; abril, Togo y Senegal; junio, Madagascar y República Democrática de Congo (ex Congo belga); julio, Somalia; agosto, Benin, Níger, Costa de Marfil, República Centroafricana, República Popular de Congo (ex Congo francés), Chad y Gabón; agosto, Burkina Faso; septiembre, Malí; octubre, Nigeria, y noviembre, Mauritania. Diecisiete países africanos nacían como Estados soberanos. Hace medio siglo.

Escribió el poeta, y primer presidente de Senegal, Léopold Sedar Senghor, que en África no hay fronteras; ni siquiera entre la vida y la muerte. Pero las potencias coloniales redibujaron sus lindes. Lo hicieron sobre los mapas de exploradores como Henry Morton Stanley, el periodista al que The New York Herald envió en busca del doctor Livingstone. A golpe de compás y cartabón se trocearon culturas ancestrales o reforzaron estereotipos étnicos. Sin importar las consecuencias. Aún perduran los efectos perversos de aquellas decisiones. Élodie Maillot, representante de la Poly-Rythmo de Cotonou, orquesta surgida en los primeros años de independencia de Benin, refleja en su blog las dificultades en las comunicaciones. Decía el escritor Paul Theroux, en un artículo en EL PAÍS: “Produce tristeza pensar que a muchos africanos les resulta más fácil viajar a Nueva York o Londres que al interior de su propio país”.

El periodista Xavier Rekalde contaba que “África es un enigma cultural e histórico para el ciudadano medio occidental”. En 1949, un estudiante camerunés llamado Manu Dibango -todavía no se le había ocurrido componer su universal Soul makossa- llegó a Francia con tres kilos de café, un bien escaso en Europa con el que pagar el primer plazo de su estancia: Dibango era el primer hombre de raza negra que veían en el pueblecito de Saint-Calais. La mayoría de los europeos ignoraba las atrocidades cometidas por Leopoldo II, rey de los belgas, que se hizo dueño de los inmensos recursos de un gigantesco territorio que jamás pisó, pero que gobernó como si fuera su cortijo. Precisamente de los altavoces que usaban los belgas en su colonia se han servido los congoleños de Konono nº 1 para crear por medio de sus likembés -pianos de pulgar- electrificados una música sugerentemente distorsionada, que les ha llevado a tocar con Björk y Herbie Hancock, y a ser portada del número de abril de la revista The Wire. Sus discos los graba el mismo sello belga que ha publicado el primero de Staff Benda Bilili, un grupo de músicos de la calle, víctimas de la polio, que sobreviven en ese infierno que es la ciudad de Kinshasa. En el último Festival de Cannes se proyectó un documental sobre ellos. Por la noche, elegantemente vestidos, ofrecieron un concierto, y Stanley Greene escribió en Le Monde: “Yo, que estoy tan acostumbrado a fotografiar africanos en las guerras y los baños de sangre, he podido por una vez tomar una imagen positiva, de auténticos supervivientes. Ya pueden ir en silla de ruedas, que forman parte de las personas más grandes y rectas que me haya encontrado. Comparten una historia colectiva: la sed de hacer música”.

Los primeros años de independencia, acompañados de un estallido musical sin precedentes, se vivieron con esperanza y euforia. En Guinea, Keita Fodeba recibió el encargo del presidente Sekou Touré de fundar la Orquesta Nacional. Entre las raíces y la apertura al rock, el jazz o los ritmos cubanos, surgieron el afrobeat, el highlife, el mbalax, el makossa, el soukous... La aparición del vinilo en los cincuenta y el desarrollo de la radio permitieron la circulación de la música y alimentaron el panafricanismo. Desde Radio Brazzaville iba a propagarse por toda África la rumba congoleña. Sus ondas transmitían las canciones de Franco Luambo, Tabu Ley Rochereau o el Gran Kalle. En Kinshasa, al otro lado del río que Conrad describió en El corazón de las tinieblas, también mandaba la rumba (y el dictador Mobutu). Y en Bamako, Abidjan o Banjul, coincidiendo con el éxodo masivo del campo a la ciudad, los músicos despertaban pasiones en dancings y night-clubs. Franco Luambo espetó a dos periodistas estadounidenses: “Nosotros lo sabemos todo sobre Otis Redding, Aretha Franklin o James Brown. Pero ustedes, ¿qué conocen de nuestra música?”.

En Dakar, recién cumplidos los 50, vive Youssou N’Dour, un ejemplo que anima a quedarse en Senegal a unos jóvenes que solo sueñan con irse. Su éxito internacional, junto al de malienses como Ali Farka Touré, Toumani Diabaté o Salif Keita, congoleños como Ray Lema y Papa Wemba, o la beninesa Angélique Kidjo, ha despertado el interés por artistas como Cheikh Lô (Senegal), Amadou y Mariam, Oumou Sangaré, Rokia Traoré (Mali), Femi Kuti (Nigeria), Lokua Kanza (Congo), K’naan (Somalia)… Con el aval de Damon Albarn, Manu Chao o Franz Ferdinand. Ya sucedió antes: Ginger Baker presentó a Fela Kuti al público occidental. Y, en los ochenta, cuando Paul Simon, Peter Gabriel, Brian Eno o David Byrne cayeron bajo el embrujo musical de África, se empezó a hablar de King Sunny Adé, Mory Kanté, Ladysmith Black Mambazo, Alpha Blondy… En estos lustros, se ha hecho de nuevo visible, vía hip-hop y reggae, la ida y vuelta entre África y América.

Para diciembre de 2011 está previsto en Dakar, que en 1966 acogió la primera edición -la segunda se celebró en 1977 en Lagos-, el tercer Festival Mundial de las Artes Negras. La intención del entonces presidente Senghor: contribuir a elaborar un nuevo humanismo que incluyera esta vez a todos los hombres. Otros tiempos: Fela Kuti, que lo pagó con la cárcel, denunciaba con su música poderosa los desmanes de corporaciones como la ITT y ajustaba cuentas con personajes como Ronald Regan o Margaret Thatcher; Miriam Makeba se plantaba ante la Asamblea General de Naciones Unidas para leer un discurso contra el apartheid. En junio y julio, la nación del arco-iris acaba de organizar sin mayores conflictos el primer Mundial de fútbol en el continente.

Publicado en El País, 19/08/2010

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *