El rebelde Khaled

Khaled llega al hotel de París en un monovolumen negro con matrícula de Luxemburgo. Entra en el lujoso establecimiento, escondido en una tranquila calle junto a los Campos Elíseos, y se mueve con familiaridad por la recepción. Se aloja a menudo ahí cuando está en la ciudad. Cierto que el músico argelino transmite la impresión de sentirse tan cómodo en los salones más distinguidos como lo estaría en un asentamiento gitano de chabolas. Lanza desde lejos un “¡hola!” al periodista antes de acercarse a estrecharle la mano. Y elige el jardín para hablar tranquilamente y poder fumar mientras toma café. Una conversación torrencial en la que se emociona y ríe como un niño travieso. A punto de viajar a España para abrir el festival La Mar de Músicas, que organizó el encuentro parisiense, deja muy claro que ha cantado siempre lo que quería, incluso bajo una dictadura. “En Argelia estaba en el punto de mira porque nunca me dejé hacer y decía lo que pensaba. Desde que era pequeño”, asegura.

Su nuevo disco, Liberté, con antiguos temas como el que le da título, y sin concesiones a las trampas del mercado, está recibiendo las mejores críticas. Un gran disco, más cerca del espíritu de canciones como Wahrane wahrane que de éxitos como Aïcha, con el que Khaled retorna a sus orígenes. “Me producía cierto temor porque desde que llegué a Europa por primera vez he pensado que la gente no estaba preparada para escuchar la música tradicional”, confiesa. Llevaba tres años sin saber por dónde tirar cuando volvió a cruzarse con el productor Martin Meissonnier. “Le pedí ayuda, a ver qué sugería. Veinticuatro horas después me telefonea: ‘Quiero grabar con tu grupo en directo’, me dice. ‘Vale, me parece bien porque hace tiempo que mis músicos tienen ganas de tocar conmigo en un disco’. Le cuento que tengo una maqueta con treinta canciones y me contesta, ‘tírala a la basura porque vamos a hacer otra selección’. Me quedé un poco parado. Me dijo, ‘mira, Khaled, yo te conozco bien pero la gente no te conoce. Hazme caso. Vamos a grabar sin clic y vas a cantar como antaño’. En la música rai cantas cuando puedes y donde quieres, pero yo, al llegar a Francia, la convertí en algo cuadrado, cosa que no era en un principio”.

“Hubo momentos en que estuve a punto de no hacerlo”, admite. “Martin me convenció para hacer esas introducciones vocales que en la música árabe toman su tiempo. Las hago en concierto, pero tienes toda la noche, no es lo mismo en disco. Y pensé que me estaba pidiendo demasiado”. El disco -grabado en una sola toma, “no teníamos margen de error”, dice- permite escuchar de nuevo canciones como Hiya ansadou o Raykoum, de las que sólo había testimonios con su voz entre cajas de ritmos y sintetizadores.

Martin Meissonnier, buen conocedor de los sonidos africanos y árabes, ya le produjo el disco Kutché, con Safy Boutella, a finales de los años ochenta. “Además fue él quien me sacó de Argelia”, dice riendo. “Ya habían venido antes otras personas para llevarme a actuar a Francia y yo les decía, ‘si pueden sacarme de aquí yo estoy listo”. El problema es que Khaled no tenía en regla los papeles del servicio militar. Meissonnier trabajaba entonces con el director de la Casa de la Cultura de Bobigny y allí, en ese suburbio de París, se celebró en 1986 el histórico festival de rai que reunió a Khaled (entonces Cheb), Cheb Mami, Cheb Sahraoui, Fadela… “Me dijo que había que exportar esa música. Yo no me fiaba ya de nadie porque me habían prometido muchas cosas y no habían hecho nada. Le dije, ‘si consigue que vaya a Francia subo sin contrato y, si hace falta, canto sin cobrar’. Lo que yo quería era irme”, cuenta. “No sé cómo se las arregló con los militares argelinos y el Ministerio de Cultura de Francia”.

Las casetes de Khaled circulaban -se calcula que una de ellas vendió tres millones de copias- por el barrio parisiense de Barbès, pero lo que Meissonnier encontró en Orán fue algo especial. Un Khaled, trajeado y sentado, que cantaba en bodas toda la noche. “Durante nuestros descansos, un animador leía poemas y recogía el dinero de los que pedían canciones dedicadas. Había una pequeña bandeja con un termo, una tetera y tacitas para el café. De vez en cuando, Martin Meissonnier, que estaba detrás, me veía beber café del termo. Le serví una tacita y se la bebió de un trago. Le oigo hacer un ruido extraño con la boca, y me suelta, ‘¡cabrón!’. Y yo, ‘¿qué te ocurre?’. Me dice, ‘¡es vino!’. ‘¡Claro!”. Se desternilla al recordarlo.

Orán, al oeste de Argelia, la ciudad más cosmopolita del país norteafricano, en la que convivían judíos, musulmanes y cristianos. Hadj-Brahim Khaled nació el 29 de febrero de 1960 en el barrio portuario español, en el que todavía se encuentran apellidos como Cano o Torres. “En un lugar llamado Escalera, aunque nosotros decíamos La Calera. Crecí con la paella, la cerveza, las sardinas fritas, la tortilla de patatas, la fiesta [dice todas esas palabras en español]. Y con Joselito. ¿Cómo lo descubrí? Pues viendo sus películas en blanco y negro. Cuando hacía buen tiempo en Orán se captaba la señal de Televisión Española. Subíamos al tejado para mover la antena. Y oías al que gritaba por la ventana, ‘¡no, no, un poco más a la izquierda!’. Yo me decía, ‘¡Dios mío, qué voz tiene!’. Me veía a mí mismo sobre el caballo a pesar de tener yo una voz grave”.

“Al lado del barrio español había uno marroquí y también crecí con ellos y su cultura. Tenían un pequeño estudio en el que ensayaban para tocar en las bodas y ahí descubrí el laúd y las músicas de Marruecos. Con mi tío descubrí a Eddy Mitchell, Johnny Hallyday, Adamo… Era el tiempo de los comediscos. Los llevábamos incluso en los coches, metíamos dentro los sencillos y bailábamos con ellos” (se ríe). “La primera voz que me mató fue la de Edith Piaf. ¿Por qué ella? Porque veía el sufrimiento en aquella mujer siempre vestida de negro. Cuando cantaba, veías sus tripas subiendo, la veías tirando de ellas”.

Tras la independencia, el movimiento nocturno en Orán se desplazó desde el centro hacia La Corniche. “Eso era otro mundo (se queda pensativo y sonriendo). En sus playas había cabarés como el Casino o el Biarritz. Yo casi vivía en el Biarritz. Los que no tenían dinero bajaban a la playa y escuchaban la música sobre la arena”. Asegura haberse bebido contenedores enteros. “Crecí con el zambretto, un alcohol de 90° para los que no tenían con qué comprar vino, y que se mezclaba con Coca-Cola. Una cosa bien española, ¿no?”, dice riendo. “Cuando llegué por primera vez a España no me sentí extraño, si me permite que lo diga. Mi padre nos embarcaba con una manta de casa, de esas que habían abandonado los militares franceses. Al llegar a la playa colocaba las toallas en la arena y con unos tablones y la manta por encima nos montaba un parasol, con la gran sandía delante y la botella de Coca-Cola en el agua atada a un hilo”.

“Tengo cosas que escribirte / que no he sabido decirte”, le canta a su progenitor en la única canción en francés del disco. “Me ha leído usted la letra y se me pone la piel de gallina. Ya no está aquí y yo quería que lo supiera. Gracias a él me dedico a la música. Me empujó a ello al decirme que no me dedicara a la música como profesión porque yo quería demostrarle que no iba a tocar la droga y que podía alcanzar un estatus con esa música, triunfar en el mundo, y al mismo tiempo estar casado y tener hijos. Ése era el reto que no me atrevía a plantearle”.

PREGUNTA. Y él llegó a verlo…

RESPUESTA. Oh sí, antes de morir pudo ver a mis dos hijas (se le humedece la mirada mientras sonríe). La tercera aún no había llegado. Cuando se puso enfermo mi mujer me convenció de que en Francia había mejores médicos y de que estaría mejor con nosotros. Y me dio la sorpresa de traerlo. Le preparó una bonita habitación, le compró una cama… Me sentí muy orgulloso de ella porque tuvo ese gesto conmigo que no puedo olvidar. Ver a mi padre en mi casa con mis hijas sobre las rodillas.

Khaled lamenta que el Orán de su juventud ya no exista. “Por fortuna, me han dejado ese olor de casa. ¿Cómo voy a olvidar el olor del pescado y del café? Yo vivía en el tercer piso y por la mañana, al despertarme, el humo de la fábrica de café llegaba hasta casa y olía todo. Lo que más me duele es que hemos perdido la generosidad, aquel espíritu festivo. Ahora es todo más salvaje. Ni siquiera se respeta a los mayores. Hablas con un niño y te cuenta que vio a alguien al que le cortaron el cuello y lo arrojaron allá, y cómo se fue volviendo verde. El oranés ha visto cómo crecían los nacionalismos y se ha contaminado también”. Cuando volvió a Orán por primera vez en el año 2000 lo que más le chocó fueron las ventanas con barrotes. Y las puertas soldadas. “Khaled, me dijeron, ‘tú no vivías aquí cuando el terrorismo’. En mi época las puertas estaban abiertas y sólo había la cortina que iba y venía con el viento”.

P. Sorprende su afirmación de que nunca fue amenazado por los integristas. ¿Cómo lo explica?

R. No era mi hora. Nunca hasta hoy se ha acercado alguien a decirme, “Khaled, te vamos a matar”. Un día salían por televisión unos arrepentidos explicando que habían estado en las montañas, y un joven me hizo reír al contar que a él el islam se la soplaba y que se ponía el walkman y escuchaba a Khaled (ríe).

P. Pero artistas tan populares en Argelia como Cheb Hasni o Lunes Matoub fueron asesinados…

R. Lamentablemente. La táctica consistía en mandar cartas. La primera era un simple aviso. La segunda, un poco más dura, te decía que dejaras de fastidiar y te largaras, y en la tercera había un trozo de tela y una pastilla de jabón [con la que se limpia al muerto]. Y ahí era definitivo, aunque escapases o te escondieses, estabas muerto.

P. Usted ha sido contundente con el integrismo

R. Cuando digo que es repugnante degollar a un niño o abrirle el vientre a una mujer, que el buen Dios no habla de eso, no me lo pueden rebatir. Yo soy alguien que exige sus derechos en cualquier parte. Y ellos lo saben. Pero cuando haces cosas terribles no vas a conseguir que la gente se ponga de tu parte. Asesinar niños no es una buena publicidad. Lo siento mucho, pero el islam no habla de hacer eso. Si tienes narices, ponte delante de un tanque como hizo aquel tipo de la plaza de Tiananmen.

En el disco hay una canción, Zabana, sobre uno de los primeros resistentes a la ocupación de Argelia por los franceses. “La cantábamos en las bodas. Sólo más tarde fui entendiendo lo que significaba. Un mártir, el primer guillotinado en Argelia. Hay hombres en el mundo que han dado su sangre para que los demás vivan, hombres de los que nunca se habla. Son lecciones que doy ahora a mis hijas cuando vemos lo de Gaza. Con esos integristas que matan, pero que al llegar los militares se esconden en los edificios para que mueran civiles inocentes. Él, en cambio, entrega su vida para proteger a otros, para que no los maten”.

Explica por qué no ha escrito canciones sobre lo que sucede en su país: “A los que me lo pedían, les decía: ‘El día que yo cante sobre el integrismo o sobre cualquier otra cuestión política, creo que el rai me va a dar una patada en el culo y me va a mandar a la mierda’. El rai, tal como yo lo conocí en sus inicios, es festivo. Habla de los jóvenes que quieren disfrutar de libertad. Es rock and roll. Algo marginal. Molesto. Habla de beberse una buena botella de vino y quedarse tan a gusto. O de enamorarse. Digamos que no se escucha en familia. El rai es vulgar. Y además el hombre lo baila moviendo las caderas. Aunque al final ha ganado su batalla y ha sido aceptado”.

Asombroso: el nuevo disco fue pirateado en Argelia y Marruecos antes incluso de su salida a la venta en Francia. “Antes eran las cintas de casete y ahora es Internet. Vivimos en un mundo de internautas, y hay auténticos diablos, así que no sirve de nada poner claves de acceso en la red”. Cree que la piratería es buena y mala. “Gracias a las cintas piratas yo era conocido en Francia. De no haber sido por eso me hubiera quedado en Argelia”. En Orán ya se había tenido que enfrentar a editores poco escrupulosos: “Siempre nos han explotado pequeños vendedores de alfombras, como suelo decir. Por desgracia es así en toda África. Los contratos eran una estafa. Los editores de Orán se llenaron los bolsillos a mi costa. Borraban en la trastienda las casetes que no se vendían con un imán. Y cuando grabas a otro cantante por encima, al cabo de unas cuantas escuchas empiezas a oír al primero por debajo (se pone a imitar con la boca una cinta que gira a más velocidad). Las carcasas se compraban a los italianos porque eran más baratas y a veces no podías sacar las cintas del aparato porque se hinchaban”, cuenta con una carcajada. “El ser humano desafía la prohibición. Nos atrae lo que nos prohíben. Es cuestión de que cada uno valore las cosas en conciencia”.

Una profesora de Orán que huyó de Argelia en 1995 decía que la arabización y la islamización del sistema educativo enseñaban el odio y formaban monstruos. “Muy cierto. Al independizarnos necesitábamos profesores que nos enseñaran el árabe literario y los buscamos en Oriente Próximo. Cometimos un error. Ellos trajeron a la escuela el islam puro y duro. El maestro te contaba cómo el profeta se peleó con los judíos que lo querían matar y, cuando abrías el libro, había una foto de militares con la bandera de Argelia y debajo estaba escrito, ‘un millón de muertos’, acusando a los franceses… Con ese tipo de educación, lo que generas es odio”.

Khaled ha hecho unas polémicas declaraciones sobre Gaza. “Yo dije en Argelia, ‘despertad, que están matando inocentes, hay niños, mujeres y ancianos que son rehenes’, y el periodista lo deformó diciendo que yo animaba a atacar a los judíos. ¡No lo he dicho ni para los integristas, voy a decirlo para los judíos! Lo de los palestinos es terrible, porque no sólo han sido expulsados de su tierra sino que además son esclavos en su propia casa. Pero mientras los civiles revientan bajo las bombas me he encontrado con multimillonarios palestinos en fiestas en Estados Unidos, Alemania o Francia llenos de joyas y emborrachándose con judíos. No se crea que lloran por sus hermanos allá. Sé de lo que hablo”.

El equívoco de sus supuestas declaraciones tuvo consecuencias. “Algunos judíos fascistas me han insultado en Internet. Pero voy a contarle algo: la mayoría de los judíos dijeron que aunque yo hubiese hecho esas declaraciones no lo creían. Ésa es mi fuerza. Aquí en Francia la gente me miraba de reojo. Hasta mi compañía de discos se preocupó. ‘Un momento, pedazo de gilipollas, no tengo intención de desmentirlo. Yo no soy Dieudonné”, se indigna Khaled, que grabó Imagine con Noa, canta canciones de Jean-Jacques Goldman y ha trabajado con Don Was. Los tres, judíos.

En el Womad de Cáceres cuenta que una chica saharaui le dio una bandera. “Y un periodista destacó que me enrollé en la bandera del Sáhara Occidental. Si quería crearme un problema con Marruecos se va a joder”, brama. “El director de un festival declaró que ya no me iban a invitar, pero su majestad el rey le llamó: ‘Déjate de chorradas’. Mohamed VI es mi amigo. Y no es como su padre Hassan II, es de una generación que quiere progresar, tener un sistema político como el de España o el Reino Unido. Y es un juerguista como yo (se exalta). Lo conozco bien desde que él era príncipe”.

Khaled siente que ha nacido con estrella. “Aunque he trabajado mucho y he sufrido para llegar donde estoy. Sé lo que es dormir en la calle, ir dando tumbos de un lado a otro, recibir golpes en casa”, dice. “Voy a seguir cantando al amor, a la libertad, para que se escuche mi mensaje. Mi padre me dejó algo metido en la cabeza. Me dijo, ‘hijo mío, por favor, quiero que tus amigos se llamen Patrick, González, Mohamed’… Me lanzaba nombres para que comprendiera que tenía que tener un amigo judío, otro francés, otro de lo que fuera. Cuando Mitterrand invitó a Kohl a presenciar el desfile del 14 de julio, después de las atrocidades que los alemanes cometieron en Francia, un francés ya anciano me dijo algo hermoso: ‘Hay gente que no entiende lo que significa que después del amor está la amistad”.

 

Publicado en El Pais, 27 de junio de 2009

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