Maria Schneider y sus chicos

Maria Schneider, actriz ya fallecida, se las tenía que ver con Marlon Brando en El último tango en París; su homónima, compositora y arreglista, debe lidiar con los 18 músicos de su orquesta de jazz. Todos hombres, en un mundo obstinadamente masculino, aunque ella es quien manda. El año pasado la llamó David Bowie para escribir y grabar con él Sue (Or in a season of crime).

Nació en 1960 en la América profunda, en Windom, Minnesota, entre campos infinitos de maíz. De allí son los recuerdos que ha volcado en The Thompson fields, primer disco de la orquesta en ocho años. Una música que transmite espiritualidad y belleza. Marcada por la nostalgia del hogar de su infancia donde pasó muchas horas al aire libre observando a los pájaros. Hoy Maria Schneider, que vive en un pequeño piso de Manhattan y forma parte del consejo directivo del Laboratorio Cornell de Ornitología, sube a la azotea del Empire State o pasea por Central Park para poder ver a los que migran sobrevolando la ciudad.

Hace treinta años que llegó a Nueva York. Contrastó sus estudios en las universidades de Minnesota y Miami, y en la escuela de música Eastman, con Bob Brookmeyer antes de trabajar para Gil Evans. En 1993 se anima a montar su propia orquesta. Durante cinco años, todos los lunes por la noche, la presenta en un club de jazz del Greenwich Village. Y comienza a recibir propuestas de conciertos y encargos de obras y arreglos. El primer disco se publica en 1994 con el título de Evanescence y excelentes críticas. Le siguen Comin’ about (1995) y Allégresse (2000). Gana tres premios Grammy y, cada año, las votaciones como mejor compositora, arreglista y/o big band por parte de los críticos y lectores de revistas como Downbeat o Jazztimes. Y graba más discos: Concert in the garden (2004) y Sky blue (2007).

Es una orquesta con sonido propio, con colores y dinámicas que cuentan historias autobiográficas, y que absorbe todo lo que ha llegado a la vida de Maria: desde Copland y Ravel hasta Paco de Lucía o Egberto Gismonti. Porque escuchar a Paco tocar en el Lincoln Center fue un cataclismo para ella, igual que viajar a Brasil y descubrir la capacidad de expresar alegría y belleza sin avergonzarse por ello.

Piensa que los músicos no deberían ceder el control de su trabajo a otras personas: para la grabación de The Thompson fields –costó más de 200.000 dólares y difícilmente lo hubiera financiado una compañía- ha recurrido de nuevo al crowdfunding de ArtistShare, que le permite compartir, además de su música, una mirada más íntima sobre el proceso de creación a través de vídeos y descargas extras. Con el disco hay un libreto de 50 páginas con fotografías tomadas en la granja cerca de la que creció y con ilustraciones de pájaros de John James Audubon. Y reflexiones de Maria sobre la necesidad de preservar la naturaleza. Porque, a la vez que busca en su música preguntas y respuestas que despierten nuevas preguntas, le preocupa el mundo y lo que estamos haciendo con él.

Publicado en El País, 4/11/2015

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