Velitas para João Gilberto

Hace unos meses Bebel Gilberto colgó unas fotos con él en Instagram. Fue la última vez que se le ha visto. João Gilberto vive recluido en un piso de alquiler –ya pasó más de diez años en un aparthotel- en el barrio de Leblon, en Río de Janeiro. La comida la encarga a un restaurante vecino. Duerme de día y, de noche, siempre hay luz en su ventana. Llama a amigos –con algunos nunca ha quedado cara a cara- y puede pasar horas hablando con ellos por teléfono. Con un hilo de voz que atrapa a su interlocutor. Si sale sale de casa, de madrugada, es para conducir. Y no es raro que regrese horas más tarde sin haberse bajado del coche.

El personaje ha dado pie a un todo un rosario de anécdotas: una de sus ex asegura que la realidad es aún más divertida. João Gilberto se casó con Astrud, con la que tuvo a João Marcelo, y luego con Miúcha, la madre de Bebel. Y hace doce años fue padre de Luisa, de su relación con una mujer casada de la alta sociedad carioca.

Nació en Juazeiro, pequeña ciudad del sertão de Bahía, lejos del mar. A la sombra del tamarindo de la plaza de la iglesia, tocaba la guitarra y cantaba aquel muchacho al que el público de Tokio ha aplaudido durante media hora al final de un concierto. En 1958 grabó un 78 rpm con Chega de saudade, de Jobim y Vinicius de Moraes. En la etiqueta -sello Odeon nº 14360-, la canción figura como ‘samba canção’. Todavía no se hablaba de bossa nova. Pero su voz susurrante y su guitarra iban a marcar la historia de la música. Aunque en Brasil se alzaran entonces voces en contra: al gerente de una cadena de grandes almacenes le atribuyeron el comentario “¿por qué graban ahora a cantantes resfriados?”.

Elige alguna canción de su memoria –probablemente la escuchó de chico en Juazeiro- y la toca una y otra vez, deconstruyéndola hasta encontrar la esencia. En una búsqueda obsesiva de la perfección. Ya sea de Ary Barroso, Dorival Caymmi, Cole Porter, Consuelo Velázquez o Charles Trenet, nadie supera su interpretación. Con él lo complejo parece sencillo. Pilló la batida del tamborim con tres dedos de la mano derecha y la del bombo con el pulgar, y ralentizó la samba. La misma cadencia, casi como un mantra, y una división rítmica matemática: puede cantar adelantándose o retrasándose en relación a la guitarra. En 1964, al publicarse el disco Getz/Gilberto, la revista Down Beat aseguró que hacía cuarenta años que nadie influenciaba la música norteamericana como lo estaba haciendo João Gilberto.

Son ya más de tres lustros sin grabar y casi el doble sin dar entrevistas. Se habló de una gira y, por dos veces, pareció que sí, que se concretaban ciudades y fechas, pero terminó por cancelarse. Quizá ya no vuelva. Dice el periodista Luis Nassif que João Gilberto se escondió en un pliegue del tiempo donde espera el momento de partir definitivamente. Este viernes cumplirá 85 años. Y Caetano Veloso seguirá cantando que “mejor que el silencio solo João”.

Publicado en El País, 7/6/2016

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